sábado, 26 de noviembre de 2011

Amueblaos la mente

Tenéis que estudiar y que aprender para poder llegar a vuestras propias conclusiones sobre la Historia y sobre todo lo demás, pero no podéis llegar a conclusiones si tenéis la mente vacía. Amueblaos la mente, amueblaos la mente. Es vuestro tesoro y nadie en el mundo puede entrometerse en ella. Si os tocase la lotería y os compraseis una casa que necesitase muebles, ¿la llenaríais de trastos viejos de la basura? Vuestra mente es vuestra casa y si la llenais de basura de los cines se os pudrirá en la cabeza. Podéis ser pobres, podéis tener rotos los zapatos, pero vuestra mente es un palacio.


Frank McCourt. (1996) Las cenizas de Ángela.

domingo, 30 de octubre de 2011

El meñique derecho de Dios

   EN SU LIBRO La vida del cosmos, que todo el mundo debería leer, Lee Smolin da la mejor descripción que he leído nunca de cómo nuestro universo emergió de un equilibrio sorprendentemente preciso de diferentes constantes fundamentales. La masa del protón, la fuerza de la gravedad, el ámbito de la fuerza nuclear débil y unas pocas docenas más de constantes fundamentales determinan por completo qué tipo de universo surgirá de un Big Bang. Si estos valores hubieran sido incluso ligeramente diferentes, el universo habría sido un enorme océano de gas tibio o un nudo caliente de plasma o alguna otra cosa básicamente poco interesante -pura filfa, en otras palabras-. El único modo de obtener un universo que no sea filfa -que tenga estrellas, elementos pesados, planetas y vida- es calcular bien los números básicos. Si hubiera algún ordenador, en algún lugar, que pudiera escupir universos con valores aleatoriamente escogidos para sus constantes fundamentales, por cada universo como el nuestro produciría 10229 universos fallidos.

    Aunque no me he sentado a hacer el cálculo, a mí esto me parece comparable a la probabilidad de hacer que un ordenador Unix haga algo útil entrando en un tty e introduciendo líneas de comando cuando te has olvidado de todas las opciones y palabras clave. Cada vez que tu meñique pulsa la tecla ENTER, lo estás intentando. En algunos casos el sistema operativo no hace nada. En otros casos borra todos tus archivos. En la mayoría de los casos simplemente te da un mensaje de error. En otras palabras, obtienes muchas filfas. Pero a veces, si lo haces todo bien, el ordenador rumia durante un rato y luego produce algo como emacs. De hecho, genera complejidad, que es el criterio de Smolin para la propiedad de resultar interesante.

    No sólo eso, sino que además parece que, una vez que vas por debajo de cierto tamaño -mucho más abajo del nivel de los quarks, al ámbito de la teoría de supercuerdas- el universo no puede describirse con la física que se practica desde tiempos de Newton. Si se mira a una escala lo bastante pequeña, se ven procesos que parecen de naturaleza casi computacional.

    Creo que el mensaje está muy claro: en algún lugar fuera y más allá de nuestro universo hay un sistema operativo, codificado a lo largo de incalculables periodos de tiempo por algún tipo de demiurgo-hacker. El sistema operativo cósmico usa una interfaz de línea de comandos. Se ejecuta en algo parecido a un teletipo, con montones de ruido y calor; los bits introducidos revolotean a la papelera como estrellas fugaces. El demiurgo está sentado frente a su teletipo, introduciendo una línea de comando tras otra, especificando los valores de las constantes fundamentales de la física:

root@god:~# universe -G 6.672e-11 -e 1.602e-19 \
-h 6.626e-34 --protonmass 1.673e-27....

y cuando acaba de escribir la línea de comandos, su meñique derecho titubea sobre la tecla enter durante uno o dos eones, preguntándose qué va a pasar; luego cae -y el boom que se oye es otro Big Bang.

   Ese sí que es un sistema operativo chulo, y si estuviera disponible en Internet (libre, por supuesto) todos los hackers del mundo se lo descargarían enseguida y se pasarían toda la noche enredando, escupiendo universos a diestro y siniestro. La mayoría serían universos bastante sosos pero algunos serían simplemente asombrosos. Porque los que esos hackers estarían tratando de conseguir sería algo mucho más ambicioso que un universo con unas pocas estrellas y galaxias. Cualquier hacker corrientucho podría hacer eso. No, el modo de labrarse una gran reputación en Internet sería ser tan bueno con la línea de comandos que los universos desarrollaran vida espontáneamente. Y una vez que el modo de conseguir eso se convirtiera en un conocimiento común, esos hackers irían más allá, tratando de hacer que sus universos desarrollaran el tipo adecuado de vida, tratando de hallar el único cambio en el n-ésimo lugar decimal de una constante física que nos daría una Tierra en la que, pongamos, aceptaran a Hitler en la Escuela de Bellas Artes después de todo, y acabara como artista callejero con curiosas opiniones política.


    Incluso si esa fantasía se volviera realidad, sin embargo, la mayoría de los usuarios (incluyéndome a mí mismo, algunos días) no querrían molestarse en aprender todos esos arcanos comandos, y pugnar con todos los fracasos; unos pocos universos fallidos realmente pueden atiborrarte el trastero. Tras pasar un rato introduciendo líneas de comando y pulsando la tecla enter y engendrando aburridos universos fallidos, empezaríamos a desear que hubiera un sistema operativo que fuera todo lo contrario: un sistema operativo que tuviera la potencia para hacerlo todo: para vivir nuestra vida por nosotros. En este sistema operativo, todas las decisiones posibles que tuviéramos que tomar habrían sido predeterminadas por astutos programadores, y condensadas en una serie de cuadros de diálogo. Pulsando en botones de radio podríamos escoger de entre opciones mutuamente excluyentes (HETEROSEXUAL/HOMOSEXUAL). Las columnas de cuadritos a tachar nos permitirían seleccionar las cosas que quisiéramos en nuestra vida (CASARSE/ESCRIBIR LA GRAN NOVELA AMERICANA) y para las opciones más complicadas podríamos rellenar cuadritos de texto (NÚMERO DE HIJAS:NÚMERO DE HIJOS).

    Incluso esta interfaz de usuario empezaría a parecer tremendamente complicada pasado un tiempo, con tantas opciones y tantas interacciones ocultas entre opciones. Se volvería casi inmanejable -el problema del doce parpadeante de nuevo-. La gente que nos la proporcionó tendría que proporcionar también asistentes y plantillas, dándonos unas pocas vidas por defecto que pudiéramos usar como base para diseñar la nuestra. Lo más probable es que estas vidas por defecto le parecieran bastante buenas a la mayoría de la gente, de todas formas, así que les fastidiaría enredar con ellas por miedo a empeorarlas. Así que, tras unas pocas versiones, el software sería aún más simple: lo iniciarías y te presentaría un cuadro de diálogo con un único botón grande en medio etiquetado: vivir. Una vez pulsaras ese botón, empezaría tu vida. Si algo fuese mal, o no respondiese a tus expectativas, podrías quejarte al Departamento de Atención al Cliente de Microsoft. Si te atendiese un empleado de atención al público, te diría que tu vida iba bien, que no le pasaba nada y que en cualquier caso irá mucho mejor con la próxima actualización. Pero si insistieras, y te identificaras como avanzado, podrías hablar con un ingeniero de verdad.

    ¿Qué diría el ingeniero, una vez hubieras explicado tu problema y enumerado todas las insatisfacciones de tu vida? Probablemente te diría que la vida es una cosa muy difícil y complicada; que ninguna interfaz puede cambiar eso; que cualquiera que crea lo contrario es un imbécil; y que si no te gusta que escojan por ti, deberías empezar a elegir por ti mismo.


Neal Stephenson (1999). En el principio... fue
la línea de comandos.


En memoria de Dennis Ritchie.

martes, 7 de junio de 2011

De corderos y lobos

Alguien se preguntaba: ¿Es democrático que cuatro lobos y tres corderos voten qué se cena por la noche?

El lobo que se ha convertido en pastor (Gustave Doré)


La respuesta es obvia: Depende. ¿Eres lobo o cordero?

 

lunes, 23 de mayo de 2011

Miedo a la libertad


Había dejado de llover, pero nada hacía prever que las cívicas esperanzas del presidente llegaran a ser satisfactoriamente coronadas por el contenido de una urna en la que los votos, hasta ahora, apenas llegaban para alfombrar el fondo. Todos los presentes pensaban lo mismo, las elecciones eran ya un tremendo fracaso político. El tiempo pasaba. Las tres y medía de la tarde sonaban en el reloj de la torre cuando la esposa del secretario entró a votar. Marido y mujer se sonrieron el uno al otro con discreción, pero también con un toque sutil de indefinibles complicidades, una sonrisa que causó al presidente de la mesa una incómoda crispación interior, tal vez el dolor de la envidia al saber que nunca llegaría a ser parte de una sonrisa como aquélla. Todavía seguía doliéndole en un repliegue cualquiera de la carne, en un recoveco cualquiera del espíritu cuando, treinta minutos después, mirando el reloj, se preguntaba a sí mismo si la mujer habría acabado yendo al cine. Se va a presentar, si es que se presenta, a última hora, en el último minuto, pensó. Las maneras de conjurar el destino son muchas y casi todas vanas, y ésta, obligarse a pensar lo peor confiando en que suceda lo mejor, siendo de las más vulgares, podría ser una tentativa merecedora de consideración, pero no dará resultado en el caso presente porque de fuente digna de todo crédito sabemos que la mujer del presidente de la mesa ha ido al cine y que, por lo menos hasta este momento, no ha decidido si vendrá a votar. Felizmente, la ya otras veces invocada necesidad de equilibrio que ha sostenido el universo en sus carriles y a los planetas en sus trayectorias, determina que siempre que se quite algo de un lado se ponga en el otro algo que más o menos le corresponda, a poder ser de la misma calidad y en la misma proporción, a fin de que no se acumulen las quejas por diferencias de tratamiento. De otro modo no se comprendería por qué motivo, a las cuatro de la tarde, precisamente a una hora que no es ni mucho ni poco, que no es carne ni pescado, los electores que hasta entonces se habían quedado en la tranquilidad de sus hogares, ignorando ostensiblemente la obligación electoral, comenzaron a salir a la calle, la mayoría por sus propios medios, otros con la ayuda benemérita de bomberos y de voluntarios ya que los lugares donde vivían aún se encontraban inundados e intransitables, y todos, todos, los sanos y los enfermos, aquellos por su pie, éstos en sillas de ruedas, en camillas, en ambulancias, confluían hacia sus respectivos colegios electorales como ríos que no conocen otro camino que no sea el del mar. A las personas escépticas, o simplemente desconfiadas, esas que sólo están inclinadas a creer en los prodigios de los que esperan extraer algún provecho, deberá de parecerles que la arriba mencionada necesidad de equilibrio del universo está siendo descaradamente falseada en la presente circunstancia, que la artificiosa duda sobre si la mujer del presidente de la mesa vendrá o no a votar es, a todas luces, demasiado insignificante desde el punto de vista cósmico para que sea necesario compensarla, en una ciudad entre tantas del mundo terreno, con la movilización inesperada de miles y miles de personas de todas las edades y condiciones sociales que, sin haberse puesto previamente de acuerdo sobre sus diferencias políticas e ideológicas, han decidido, por fin, salir de casa para votar. Quien de esta manera argumente olvida que el universo tiene sus leyes, todas ellas extrañas a los contradictorios sueños y deseos de la humanidad, y en cuya formulación no tenemos más arte ni parte que las palabras con que burdamente las nombramos, y también que todo nos viene convenciendo de que las aplica en función de objetivos que trascienden y siempre trascenderán nuestra capacidad de entendimiento, y si, en este particular conjunto, la escandalosa desproporción entre algo que tal vez, por ahora sólo tal vez, acabe siendo robado a la urna, es decir, el voto de la supuestamente antipática esposa del presidente, y la marea alta de hombres y de mujeres que ya vienen de camino, nos parece difícil de aceptar a la luz de la más elemental justicia distributiva, pide la prudencia que durante algún tiempo suspendamos cualquier juicio definitivo y acompañemos con atención confiante el desarrollo de unos sucesos que apenas comienzan a delinearse. Precisamente lo que, arrebatados de entusiasmo profesional y de imparable ansiedad informativa, están ya haciendo los periodistas de radio, prensa y televisión, corriendo de un lado a otro, poniendo grabadoras y micrófonos ante la cara de las personas, preguntando Qué le ha hecho salir de casa a las cuatro para votar, no le parece increíble que todo el mundo haya bajado a la calle al mismo tiempo, oyendo respuestas secas o agresivas como Porque era la hora en que había decidido salir, Como ciudadanos libres, entramos y salimos a la hora que nos apetece, no tenemos que dar explicaciones a nadie sobre las razones de nuestros actos, Cuánto le pagan por hacer preguntas estúpidas, A quién le importa la hora en que salgo o no salgo de casa, En qué ley está escrito que tengo obligación de atender a su pregunta, Sólo hablo en presencia de mi abogado. También hubo algunas personas bien educadas que respondieron sin la reprensora acrimonia de los ejemplos que acabamos de dar, pero incluso ésas fueron incapaces de satisfacer la ávida curiosidad periodística, se limitaban a encogerse de hombros diciendo, Tengo el máximo respeto por su trabajo y nada me gustaría más que ayudarle a publicar una buena noticia, desgraciadamente sólo puedo decirle que miré el reloj, vi que eran las cuatro y le dije a la familia Vamos, es ahora o nunca, Ahora o nunca, por qué, Pues ahí está el quid de la cuestión, me salió así la frase, Piénselo bien, haga un esfuerzo, No merece la pena, pregúntele a otra persona, tal vez ella lo sepa, Ya le he preguntado a cincuenta, Y qué, Ninguna me ha sabido dar respuesta, Pues ya ve, Pero no le parece una extraña coincidencia que hayan salido miles de personas de sus casas a la misma hora para ir a votar, Coincidencia, desde luego, pero extraña quizá no, Por qué, Ah, eso no lo sé. Los comentaristas que en las diversas televisiones seguían el proceso electoral, ofreciendo pálpitos ante la falta de datos ciertos de apreciación, infiriendo del vuelo y del canto de las aves la voluntad de los dioses, lamentando que ya no esté autorizado el sacrificio de animales para en sus vísceras descifrar los decretos del cronos y del hado, despertaron súbitamente del torpor en que las perspectivas más que sombrías del escrutinio los habían hecho zozobrar y, ciertamente porque les parecía indigno de su educativa misión desperdiciar tiempo discutiendo coincidencias, se lanzaron como lobos sobre el extraordinario ejemplo de civismo que la población de la capital estaba dando a todo el país en aquel momento, acudiendo en masa a las urnas cuando el fantasma de una abstención sin paralelo en la historia de nuestra democracia amenazaba gravemente la estabilidad no sólo del régimen, sino también, mucho más grave, del sistema. No iba tan lejos en temores la nota oficiosa emanada del ministerio del interior, pero el alivio del gobierno era patente en cada línea. En cuanto a los tres partidos en lista, el de la derecha, el del medio y el de la izquierda, ésos, después de echar cuentas rápidas de las ganancias y pérdidas que resultarían de tan inesperado movimiento de ciudadanos, hicieron públicas declaraciones de congratulación en las cuales, entre otras lindezas estilísticas del mismo jaez, se afirmaba que la democracia estaba de enhorabuena. También en términos semejantes, punto más, coma menos, se expresaron, con la bandera nacional izada detrás, primero, el jefe de estado en su palacio, después el primer ministro en su palacete. A la puerta de los lugares de voto, las filas de electores, de tres en fondo, daban la vuelta a la manzana hasta perderse de vista.
Como los demás presidentes de mesa de la ciudad, este de la asamblea electoral número catorce tenía clara conciencia de que estaba viviendo un momento histórico único. Cuando ya iba la noche muy avanzada, después de que el ministerio del interior hubiera prorrogado dos horas el término de la votación, periodo al que fue necesario añadirle media hora más para que los electores que se apiñaban dentro del edificio pudiesen ejercer su derecho de voto, cuando por fin los miembros de la mesa y los interventores de los partidos, extenuados y hambrientos, se encontraron delante de la montaña de papeletas que habían sido extraídas de las dos urnas, la segunda requerida de urgencia al ministerio, la grandiosidad de la tarea que tenían por delante los hizo estremecerse de una emoción que no dudaremos en llamar épica, o heroica, como si los manes de la patria, redivivos, se hubiesen mágicamente materializado en aquellos papeles. Uno de esos papeles era el de la mujer del presidente. Vino conducida por un impulso que la obligó a salir del cine, pasó horas en una fila que avanzaba con la lentitud del caracol, y cuando finalmente se encontró frente al marido, cuando oyó pronunciar su nombre, sintió en el corazón algo que tal vez fuese la sombra de una felicidad antigua, nada más que la sombra, pero, aun así, pensó que sólo por eso había merecido la pena venir aquí. Pasaba de la medianoche cuando el escrutinio terminó. Los votos válidos no llegaban al veinticinco por ciento, distribuidos entre el partido de la derecha, trece por ciento, partido del medio, nueve por ciento, y partido de la izquierda, dos y medio por ciento. Poquísimos los votos nulos, poquísimas las abstenciones. Todos los otros, más del setenta por ciento de la totalidad, estaban en blanco.

José Saramago (2004). Ensayo sobre la lucidez.

miércoles, 18 de mayo de 2011

Las autoridades advierten

La petición del voto responsable puede afectar a la campaña electoral y a la libertad del derecho de los ciudadanos al ejercicio del voto.